sábado, 25 de enero de 2014

Capítulo 45

Novela: "Al desnudo"
Capitulo 45
—Cállate, Pablo —le dije de nuevo—. Lo quiero.                        
—Antes me querías a mí —replicó él—. ¿Qué ha pasado con eso?
—Ya sabes lo que pasó.
—En Nochevieja todavía me querías. Eso fue hace pocos meses. No puedes dejar de querer a alguien tan rápidamente.
—Puedes dejar de querer a alguien en un segundo —dije yo.
Él dio un paso hacia mí.
—Siento haberte hecho daño, La. Haría cualquier cosa por recuperar lo que teníamos.
Yo me eché hacia atrás y sentí en la espalda el metal frío del coche.
—¿Me estás tomando el pelo, Pablo?
—No, no. Sé que lo he destrozado todo, y lo siento…
Yo le puse una mano sobre el hombro.
—Yo siempre sentiré afecto por ti, Pablo. Eso lo sabes. Siento lo que os ha ocurrido a Teddy y a ti, y sé que ahora estás sufriendo. Sin embargo, lo que pasó entre nosotros es algo del pasado. Yo no tengo resentimiento hacia ti.
Él se acercó más y se colocó para recibir un abrazo. Al principio, yo no se lo di, hasta que solo tuve esa opción si no quería empujarlo para apartarlo de mí. No duró mucho, y como yo no me derretí contra él, debió de sentir mi reticencia. Entonces, retrocedió.
—¿Crees que… que podrías…?
Me quedé mirándolo, y me eché a reír. Eso le dolió más que ninguna otra cosa que le hubiera dicho hasta el momento. Me di cuenta porque su boca se curvó hacia abajo, y frunció los labios.
—¿Volver contigo? No me estarás preguntando eso, ¿verdad, Pablo?
—Teddy me dijo que fue por ti…
—¿Qué? ¿Que Teddy te ha dicho que es culpa mía? ¿Y cómo puede ser eso?
—No, no que sea culpa tuya, sino por ti. Por cómo fueron las cosas entre nosotros, y por lo que pasó en  Nochevieja.  Teddy  dijo  que  yo  estaba  muy  disgustado  por  lo  que  ocurrió,  y  que  por  eso  estaba haciendo todas las tonterías que hice.
—Pues se equivoca.
Pablo se encogió de hombros.
—He pensado mucho en lo que me dijiste aquella noche, La. He pensado mucho en cómo me sentí, en que me puse celoso de otro hombre porque él había conseguido lo que yo había podido tener, pero que no conservé cuando tuve la oportunidad.
Yo alcé una mano.
—No te creas que soy tu segundo plato, ¿eh? Solo porque tú quieras acostarte con alguien, o quieras que te consuelen, o lo que sea.
—No estoy interesado solo en el sexo.
Me quedé mirándolo con estupefacción.
—Entonces, ¿ya no te gustan los hombres? ¿Has vuelto a las mujeres? ¿O solo a mí?
Pablo abrió la boca para hablar, pero después la cerró. No tenía nada que decir. Bajó la cabeza. Era la primera vez que lo veía avergonzado.
Esperé a que hablara, o a que se diera la vuelta para poder irme. Él habló.
—Yo sería mejor contigo de lo que es él.
—¿Y cómo lo sabes?
—Nos conocemos desde hace mucho más tiempo.
Me eché a reír.
—¿Y eso qué importa?
Por fin, me miró a los ojos. Parecía decidido.
—No  me  importa  que  sigas  viéndote  con  él.  Creo  que  deberíamos  intentarlo  el  uno  con  el  otro.
Admite, La, que tú siempre te preguntarías cómo podían haber sido las cosas conmigo.
—¿Y  que  tú  te  preguntarás  lo  mismo  sobre  mí?  —pregunté  con  incredulidad.  Me  asombraba  su audacia—. Tuviste una oportunidad hace mucho tiempo, pero no la quisiste. No puedes hacer que me crea que la quieres ahora.
—Y yo no puedo creer que te vayas a casar con él.
—¿Por qué?
—Tú ya sabes por qué —dijo él.
Yo suspiré con cansancio.

—¿Sabes, Pablo? Peter nunca me ha mentido sobre lo que es, ni sobre lo que ha hecho, que es mucho más de lo que puedo decir sobre ti. Siento que hayan roto Teddy y tú, y siento que nosotros ya no seamos amigos. De verdad, lo siento.
Él se cruzó de brazos.
—Sabes que me acosté con él.
—Sí, Pablo. Sé lo que hiciste con él.
Pablo se estremeció.
—Bueno, tal vez sea ese el motivo por el que él te gusta tanto.
—No me gusta. Lo quiero —dije, y me di la vuelta hacia mi coche—. Vete a la mierda, Pablo.
—Él puede ser parte de lo nuestro, si quieres. Yo estaría dispuesto a acostarme de nuevo con él. Es muy bueno en la cama.
—¿Cómo? —pregunté yo, con una náusea en la garganta.
Pablo se estremeció de nuevo. Yo intenté recordar cuánto lo había querido, y cuánto me hacía reír. Era difícil acordarme de los buenos tiempos en aquel momento, con la verdad desnuda ante la cara. Pero sí habían existido esos buenos tiempos, y Pablo había sido mi amigo. Yo no conocía al hombre que tenía enfrente, y me pregunté si lo había conocido alguna vez.
—No me utilices para sentirte mejor —le dije—. Ni para demostrarte a ti mismo que eres algo que no  eres.  Maldita  sea,  Pablo,  no  te  escondas  de  ti  mismo  porque  creas  que  es  más  fácil. Y  no  intentes usarme. No soy tu segunda oportunidad. Eso no es amor; es egoísmo.
Pablo se desmoronó ante mí.
—Lo siento, La. No sé por qué he dicho nada de esto. Lo que ocurre es que te echo de menos con todas mis fuerzas. Nunca había estado tanto tiempo sin hablar contigo. ¡Nunca quise que dejáramos de ser amigos!
—Entonces, ¿te ofreces para acostarte conmigo y con mi prometido?
Él se encogió de hombros y se pasó la mano por la cara.
—Todo es un lío para mí. Ya no sé lo que estoy haciendo, ni por qué.


Ya había oído antes aquella historia, cuando me planté ante él con el anillo que me había regalado en la palma de la mano.
—No puedo ayudarte, Pablo. Lo siento. Tendrás que hacer esto sin mí.
Entonces, entré en el coche y me marché.
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—Podría acostumbrarme con toda facilidad a esta vida doméstica —dije, mientras tomaba un palito de zanahoria para hundirla en el cuenco de hummus—. ¿Qué tal ha sido tu día? —le pregunté a Peter, que estaba sentado frente a mí, cortando rebanadas de pan.
—Muy bien. Toma, prueba esto —me dijo, y empujó hacia mí un plato con aceite de oliva dorado—.
Es aceite con aroma a ajo.
—Ummm. ¿Dónde lo has comprado?
—Lo he hecho yo —respondió, y  me  sonrió  antes  de  levantarse  y  volver  a  la  cocina,  donde  estaba hirviendo la pasta.
Yo probé el pan mojado en el aceite. Gemí.
—Vaya.
—¿Está bueno?
Peter echó la pasta en un colador de metal que yo no había visto nunca.
—Delicioso —dije yo. Paseé la mirada por el apartamento y me fijé en algunas cosas nuevas—. ¿Has ido de compras hoy?
—Sí.  He  ido  a  King  of  Prussia  —dijo,  mientras  servía  la  pasta  en  una  fuente.  Después  le  añadió queso rallado, piñones y aceite.
—¿Tienes hambre?
—Sí. Mucha. Hoy hemos tenido tanto trabajo que ni siquiera he podido comer un sándwich. ¿Y por qué te has ido hasta King of Prussia?
—Eh… Porque es el único centro comercial al que merece la pena ir —dijo Peter, mientras ponía la pasta sobre la mesa—. Toma la ensalada, por favor.
El cuenco de la ensalada también parecía nuevo.
—¿De dónde es?
—De Ikea.
—¡Vaya,  has  ido  a  todas  partes!  —exclamé  yo,  muerta  de  envidia—.  Hace  siglos  que  yo  no  voy  a
Ikea.
—Podemos ir este fin de semana, si quieres.
—Tengo que trabajar el sábado, y todavía me quedan algunos encargos de clientes que terminar.
Él frunció el ceño.
—Vaya. ¿No puedes cambiar el turno, o algo así?
—No. Tengo que trabajar los sábados, ya te lo he dicho.
Me levanté para tomar la cesta del pan y volví a la mesa.
Peter ya me había servido pasta y ensalada en el plato, y yo me sentí afortunada. Era un gran cocinero, mucho mejor que yo. Me incliné y le di un beso antes de sentarme en mi sitio.
—Gracias —dije.
—¿Por qué?
—Por ser tan maravilloso.
Él sonrió.
—Me  parece  que  ya  sé  cuál  es  el  camino  más  corto  hacia  tu  corazón  —dijo—.  A  través  de  tu estómago.
Yo le acaricié la pantorrilla con el pie descalzo.
—Y a través de otros lugares.
Él se rio.
—Bueno, gracias. A ti tampoco se te da mal.
Comimos y charlamos sobre lo que habíamos hecho aquel día. Su jornada, aparte de las compras, era corriente.  Una  videoconferencia  durante  el  trayecto  al  centro  comercial,  unos  cuantos  correos electrónicos. Tenía más viajes previstos. El trabajo terminaría dentro de un mes.
—Y entonces, ¿qué? —le pregunté.
—Entonces… encontraré otro proyecto, supongo.
Yo tragué un poco de pan con queso y un trago de vino tinto que Peter no había probado.
—¿Tienes algo en perspectiva?
Él se encogió de hombros y se limpió los labios con la servilleta; después bebió agua. Mirar a Peter era como ver una película. Todo lo que hacía era tan fluido y tan perfecto… Yo me había echado aceite en la pechera. A él ni siquiera le brillaban los labios.
—Tal vez se queden conmigo, quién sabe —dijo.
—Es agradable ver que te lo tomas con tanta despreocupación.
Él hizo una pausa y me dedicó toda su atención.
—Sé cómo tengo que trabajar, Lali.
—Ya  lo  sé.  No  he  dicho  que  no  sepas.  Solo  quería  decir  que  no  parece  que  te  preocupe  mucho  no encontrar otro trabajo. Yo estaría angustiada.
—Yo tengo dinero.
—Sé  que  tienes  dinero  —respondí  pacientemente—.  Pero  de  todos  modos…  deberías  tener  un trabajo.
—Si no trabajo, podré quedarme en casa todo el día y ser tu chico para todo —dijo. Pasó un dedo por el aceite de su plato y después lo lamió de una forma sugerente.
Me estaba tomando el pelo, pero aquel pequeño gesto hizo que yo sintiera calor por todo el cuerpo.
—Ah, ¿de veras?
—Sí, claro. Tú vendrás a casa a cenar todas las noches, y yo seré una mamá perfecta.
Nunca habíamos hablado de tener niños, ni siquiera cuando yo le había contado lo de Pippa. La idea de tener un hijo con mis rizos y los ojos grises de Peter me parecía increíble y lejana, pero una vez que había pensado en ello, era imposible no desearlo.

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Hola chicas soy Cielo de http://casijuegosca.blogspot.com.ar Espero que les guste la novela! :D 

jueves, 23 de enero de 2014

Capítulo 44

Me alegro muchísimo que les gustara el maratón :)
Acá les dejo otro capítulo.
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Novela: "Al desnudo"
Capitulo 44
Peter exhaló un suspiro y me besó con fuerza. Yo había visto la mirada de sus ojos antes de cerrar los míos para recibir su beso; era de alivio. Lo aparté suavemente para poder observar el anillo.
—¿Pensabas que iba a decir que no? —le pregunté en voz baja, mientras movía la mano hacia delante y hacia atrás, para hacer brillar los diamantes. Después lo miré a él.
Peter se alisó el pelo, y después se metió las manos en los bolsillos.
—Sí.
Tuve que abrazarlo y besarlo por aquella sinceridad.
—¡Pero me lo has pedido de todos modos!
Él me abrazó.
—Por supuesto.
—¿Y por qué pensabas que iba a decir que no?
—Porque no creía que pudiera tener tanta suerte de que dijeras que sí.
—Oh, Peter —dije. Tuve ganas de soltar un resoplido, pero por su expresión, supe que lo decía muy en serio—. ¿Cómo es posible que pensaras eso?
Él no respondió; se limitó a besarme de nuevo.
—Te quiero —le dije.
Y, abrumada por todo lo que había ocurrido aquella noche, me eché a llorar. Peter no se alarmó. Me secó las lágrimas con los pulgares y me besó de nuevo. No me preguntó por qué lloraba, y yo no sentí que tuviera que explicárselo.
Respiré profundamente y pestañeé para aclararme los ojos, para poder fijarme en los botones de su camisa. Uno, dos, tres. Él esperó pacientemente mientras le abría la camisa y deslizaba las manos por su pecho cálido. Se estremeció, aunque yo no tenía frías las manos. Se le endurecieron los pezones, tentando a mis labios. Le lamí cada uno de ellos, y oí que suspiraba.
Le  desabroché  el  cinturón  y  le  bajé  la  cremallera.  Me  puse  de  rodillas  ante  él,  y  le  bajé  los pantalones  y  los  calzoncillos  por  las  caderas.  Su  miembro  se  liberó  de  la  tela  y  yo  se  lo  sujeté  por  la base mientras deslizaba la boca por él. Cuando gruñó, yo sonreí y lo miré.
Él  también  me  estaba  mirando.  Me  acarició  el  pelo,  y  cuando  abrí  la  boca  para  tomarlo profundamente, se le cerraron los ojos durante un segundo. Después volvió a abrirlos, y se humedeció los labios. Yo succioné con suavidad, y noté el pulso de la sangre de su miembro en la lengua.
Lo  acaricié  con  la  mano  unas  cuantas  veces;  después  me  levanté,  lo  llevé  a  la  cama  e  hice  que  se
tumbara;  me  quité  el  pantalón  del  pijama  y  me  coloqué  sobre  él  a  horcajadas.  Él  todavía  llevaba  la camisa, aunque abierta, y yo todavía llevaba mi camiseta. Se me subió por los muslos mientras yo frotaba mi  clítoris  por  su  erección.  No  me  había  recortado  el  vello  púbico  desde  hacía  unos  días,  y  los  rizos espesos y fuertes nos hicieron cosquillas a los dos y aumentaron el placer. Él me puso las manos en las caderas.
Entonces, yo me estiré hacia la mesilla de noche, donde tenía la cámara que él me había regalado.
—Creo que deberíamos hacer una fotografía para conmemorar el evento.
Él se echó a reír y me acarició.
—Por supuesto.


Subí  la  cámara  y  apoyé  la  cabeza  junto  a  la  de  él  en  la  almohada:  las  fotografías  salieron desenfocadas, nuestras cabezas cortadas, nuestras bocas unidas, un disparo tras otro. Yo no me preocupé de mirarlas mientras las hacía. Puse la mano del anillo sobre mi rostro, y el flash le arrancó brillos a los diamantes.
Le  di  la  cámara  a Peter  y  ella  se  convirtió  en  sus  ojos  mientras  yo  le  hacía  el  amor.  Me  saqué  la
camiseta  por  la  cabeza  para  estar  totalmente  desnuda  con  él.  Puse  la  mano  sobre  la  lente,  y  después aparté la cámara para poder verlo, y que Peter pudiera verme sin nada entre nosotros.
Él  se  hundió  en  mi  cuerpo,  y  movió  las  manos  sobre  mí  para  encontrar  todos  los  lugares  que  ya conocía, pero como sucedía con todo lo demás, aquella noche sus caricias me parecieron distintas. Las palmas de sus manos me rozaron los pezones y me hicieron gritar, cuando nunca había ocurrido; la suave presión de su pulgar en mi clítoris me causó una tensión nueva que me llegó a cada uno de los músculos del cuerpo.
Tardé un tiempo en llegar al orgasmo, pero no demasiado. Los segundos se convirtieron en minutos, pero  yo  perdí  la  cuenta.  Me  moví  con  lentitud,  con  las  palmas  de  las  manos  apoyadas  sobre  su  pecho, sintiendo los latidos de su corazón.
Él me ayudó a moverme con las manos, pero no me urgió a ir más rápido ni más despacio. La luz se reflejó en el diamante de mi dedo, y eso fue lo que estaba mirando cuando sentí el primer espasmo de placer. Crispé los dedos, y él gimió al notar que le clavaba ligeramente las uñas en la carne.
El sonido me empujó hacia el orgasmo, y me eché a temblar de placer. Apreté sus costados con los muslos,  y  mi  cuerpo  apretó  su  miembro  viril.  Entonces,  él  levantó  las  caderas  y  me  embistió  con  más fuerza, y el placer ascendió de nuevo hasta que caí hacia delante exhausta.
Más  tarde,  cuando  estábamos  tumbados  uno  junto  al  otro,  mirando  los  colores  que  el  anillo proyectaba en el techo, yo tomé la cámara para ver las fotografías que habíamos hecho.
—Oh, Dios —murmuré—. Así no es como quiero recordarme a mí misma.
Tenía la cara lavada, sin una gota de maquillaje, y el pelo suelto y despeinado. Mi único consuelo era que en la mayoría de las imágenes, mi cara estaba borrosa o girada. Por supuesto, Peter estaba perfecto, como siempre.
—Estás  guapísima  —dijo  él—.  Y  todo  ha  salido  bien.  Créeme,  me  había  imaginado  que  sería  un poco más… fácil.
—Lo tenías todo planeado, ¿eh?
Él asintió.
—Iba a darte una copa de vino antes. Y flores. Tengo flores ahí fuera, para ti.
Yo  pensé  en  la  imagen  de  aquella  proposición  de  matrimonio  perfecta,  pero  no  lamenté  habérmela perdido.  Un  buen  encuentro  sexual  y  toda  aquella  excitación  me  mantenían  abiertos  los  ojos,  pero  yo estaba muy cansada.
—Nunca me lo hubiera imaginado.
—Lo sé —dijo él.
Un bostezo interrumpió mi carcajada.
—El anillo es precioso.
—Lo compré en Filadelfia, en la joyería de un amigo mío.
Yo pestañeé, y le dibujé el corazón con el dedo índice sobre el pecho.


—Entonces, ¿no tenías una reunión de negocios esta noche?
—No.
Yo  entrecerré  un  poco  los  ojos,  pensando  que  algunas  veces  era  posible  perdonar  una  mentira.  Le acaricié la cara, y él me besó la palma de la mano. Pensé en que tenía que decir algo más, algo profundo, pero me quedé dormida antes de poder hacerlo.
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Estábamos comprometidos.
Por segunda vez en mi vida, llamé a mis padres, a mis hermanos y a mis abuelos para contarles, con la voz temblorosa, que me iba a casar. Sarah recibió la noticia con un grito de alegría, y con exigencias para  hacer  una  fiesta  de  despedida  de  soltera,  aunque  ni  siquiera  había  fecha  para  la  boda.  Cuando
terminé  de  hablar  por  teléfono  con  ella,  solo  me  quedaba  una  hora  para  ducharme  y  vestirme  para  el trabajo.
Rápidamente,  entré  en  mi  cuenta  de  Connex,  que  llevaba  meses  languideciendo,  y  subí  una  de  las fotografías más decentes de la noche anterior, en la que aparecía el anillo y mi mano ocultando nuestras caras. Después, cambié mi estado de «soltera» a «comprometida».
Miré el perfil con una sonrisa. De algún modo, era el haber puesto allí la noticia, para que todo el mundo pudiera verla, y no el anillo, lo que hacía que fuera más oficial.
Las  chicas  de  Foto  Folks  soltaron  grititos  al  ver  el  anillo,  que  era  el  doble  de  grande  que  los  que llevaban ellas. Si sintieron alguna envidia, lo disimularon bien, o yo preferí no verla. Me pasé todo el día con una sonrisa boba en la cara, mostrándoles el anillo a las clientas, e hice algunas de las mejores fotos que hubiera hecho nunca en aquella tienda. Estaba flotando. ¡Me había comprometido! ¡Iba a casarme!
Trabajé hasta la hora de cierre, y rehusé una oferta para ir a tomar algo y celebrarlo. Les prometí que lo haríamos en otra ocasión, y creo que ellas entendieron que quería ir a casa a estar con Peter.
Había hecho un día muy cálido, y era fácil imaginarse que el verano iba a llegar pronto, y me puse la chaqueta sobre el hombro mientras iba hacia mi coche, que estaba en el pequeño aparcamiento del centro comercial. Me puse tensa al ver que había alguien esperando allí, pero me relajé al darme cuenta de que era Pablo.
—¿Podemos hablar? —me preguntó.
Yo abrí el coche, pero no entré.
—¿Sobre qué?
Esperé una muestra de ira, pero Pablo solo frunció el ceño.
—No puedo creerme que no me lo hayas contado tú misma.
Yo eché el bolso y la chaqueta en el asiento trasero, sin apartar la vista de las llaves que tenía en la mano.
—No hemos hablado nada últimamente, Pablo.
—No  puedo  creer  que  haya  tenido  que  enterarme  por  tu  página  de  Connex. Yo,  y  otros  quinientos amigos tuyos. Dios, La. Creía… Creía que era algo más para ti.
—Llevamos mucho tiempo sin tener relación, Pablo.
—¡Unos meses! —replicó él—. Nos peleamos, eso es todo. Y de repente, ¿ya no formo parte de la lista de gente a la que tienes que llamar? ¿Qué demonios ha pasado con tantos años de amistad?


—No  creía  que  te  importara,  la  verdad  —le  dije.  Sin  embargo,  sabía  que  era  mentira. Yo  sí  había creído que a Pablo iba a importarle.
—¿Que no creías que me importara? Demonios, La, ¿cómo puedes decir eso, cuando he tenido que enterarme de que te vas a casar con ese imbécil…?
—¡Eh! ¡No le llames eso!
Pablo entrecerró los ojos y apretó los labios.
—Estás cometiendo un error, eso es todo.
—¿Como el que estuve a punto de cometer contigo?
Pablo se estremeció.
—Él te va a hacer daño. No quiero verte sufrir. Te quiero, La.
—Tú… —dije yo, con la voz llena de veneno—. Cállate.
Pablo dio un paso atrás. Ya había anochecido, y la luz de las farolas no le favorecía. Se levantó una brisa fresca y sentí frío, y lamenté no haberme puesto la chaqueta. Sin embargo, no la saqué del coche.
—Siempre te he querido. Tú lo sabes —dijo él, y mi ira se mitigó con la fuerza de la nostalgia.
No quería odiarlo.
—Oh, Pablo. ¿No puedes ser feliz por mí, del mismo modo que yo siempre he sido feliz por Teddy y por ti?
Él se estremeció de nuevo, y bajó la mirada.
—Hemos roto.
—Oh, no. ¿Qué ha ocurrido?
Pablo alzó la cabeza y vi que tenía una sonrisa forzada en los labios.
—Lo he estropeado todo, eso es lo que ha pasado. Me acosté con otros tíos, y Teddy se enteró. Yo ya estaba cansado de mentir, de ser el mentiroso. Y pensaba que me iba a perdonar, porque Teddy siempre me perdonaba.
—Lo siento.
—Lo sientes —dijo él, y soltó un resoplido—. No te imaginas lo que me pasa a mí —añadió, y me miró  con  una  expresión  sombría—.  Y,  entonces,  me  entero  de  que  te  vas  a  casar  con  ese  tal…  Peter Lanzani… Oh, La. Te prometo que él no es…
—Cállate, Pablo —le dije de nuevo—. Lo quiero.                        

—Antes me querías a mí —replicó él—. ¿Qué ha pasado con eso?

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martes, 21 de enero de 2014

Capítulo 43

ACÁ ESTÁ EL ÚLTIMO CAPÍTULO Y LA SORPRESA jajajaja GRACIAS POR LAS FIRMAS
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Novela: "Al desnudo"
Capitulo 43
A mi alrededor todo era un zumbido, y no tenía nada que ver con el vino que había tomado durante la cena.  Me  había  quedado  mucho  más  de  lo  que  tenía  pensado,  riéndome  y  hablando  con  mis  nuevos amigos. Les había pedido prestado un Haggadah para leer en casa, y Elle me había dado algunos libros más. Yo había vuelto a casa canturreando Dayenu.
Cuando llegué, el coche de Peter estaba en el aparcamiento, pero yo tenía las manos llenas de tarteras envueltas en papel de aluminio y de libros, así que no llamé a su puerta de camino a mi apartamento. Metí la comida en mi nevera y apilé los libros junto a mi cama.
Todo  lo  que  había  sucedido  aquella  noche  me  había  afectado  de  un  modo  muy  positivo.  Les  había
encontrado  sentido  a  las  oraciones,  y  había  comprendido  su  historia.  No  estaba  segura  de  qué  pensar; solo  sabía  que,  de  repente,  se  había  abierto  una  puerta  dentro  de  mí.  Que  por  primera  vez,  tenía  la sensación  de  que  había  empezado  a  encontrar  mi  camino.  Me  alegraba  mucho  de  haber  ido  a  la celebración de aquella noche.
Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me relajara los hombros. De repente, me di cuenta de
que  estaba  muy  cansada  y  de  que  tenía  que  levantarme  temprano  al  día  siguiente  para  trabajar  varias horas antes de ir a Foto Folks. Incliné la cabeza hacia atrás y dejé que el agua me corriera por la cara y me aclarara todo el jabón del pelo y del cuerpo. Después salí de la ducha y me envolví en una toalla.
Abrí la puerta del baño, y al ver una figura que se giraba hacia mí, se me escapó un grito.
—¡Aay! ¡Peter!
Él llevaba una camisa rosa y unos pantalones de algodón color caqui, y tenía el pelo peinado hacia atrás. Vi su chaqueta colgada en el respaldo de mi sofá. Y percibí el olor acre de la marihuana.
Di un paso atrás.
—Estás en casa —dijo él.
No parecía que estuviera colocado. No se movía con torpeza. Más bien, estaba inquieto.
—¿Qué demonios estás haciendo? —le pregunté yo, con la mano sobre el corazón—. ¡Me has dado un susto de muerte!
—Lo siento —dijo él, y se acercó para darme un beso—. Entré y oí la ducha, y no pasé al baño para que no te creyeras que era Norman Bates.
Desde  tan  cerca,  yo  solo  olía  su  colonia,  y  me  pregunté  si  me  habría  imaginado  el  olor  de  la marihuana. Lo miré a los ojos, y me di cuenta de que no los tenía enrojecidos. Volvió a besarme, y yo solo noté un sabor a menta en sus labios. Nada más.
—Me has asustado —repetí.
—Lo siento —dijo él, y señaló el bajo de mi toalla—. Muy sexy.
Yo apreté los brazos a los costados para que la toalla no se me bajara por el pecho. Estaba calada y
exhausta,  y  todavía  me  daba  vueltas  la  cabeza  por  todo  lo  que  había  ocurrido  aquella  noche.  Por  otro lado, también me daba cuenta de que parecía que Peter acababa de salir de una revista de moda.
—Voy a vestirme.
—Me gustas así —replicó él, y me estrechó contra sí para besarme. Entonces, deslizó la mano por debajo de la toalla para acariciarme la piel.
Yo me retorcí, riéndome, para zafarme.
—¡Para! ¡Tengo que ponerme algo!
—¿Por qué?

—Pues porque… sí.
Su sonrisa me sedujo. Separé los muslos. Dejé que él tirara un poco de la toalla hacia abajo para ver la curva de mi pecho, y Peter movió la mano por debajo de la toalla, hacia arriba y hacia abajo, con tanta suavidad, que no pude protestar.
—Ven a tomar una copa de vino —me pidió al oído.
—Peter, mañana por la mañana tengo que trabajar. Y ya he bebido vino esta noche.
—Yo también, ¿y qué?
Nos  movimos  en  círculo,  bailando  despacio.  Yo  tenía  la  cabeza  apoyada  en  su  hombro.  Estaba
descalza,  así  que  para  alcanzarlo  tenía  que  ponerme  de  puntillas. Al  oír  su  respuesta,  aparté  la  cabeza para mirarlo.
—¿De veras? —le pregunté.
—Sí. He tomado un par de copas.
—Creía que no bebías.
Él se apartó también. Tenía las manos apoyadas en mis caderas, y agarró la toalla.
—Yo nunca he dicho que no bebiera.
—Pero nunca… Bah, no importa. Déjalo —respondí yo. Estudié la expresión de su cara—. Creía que estabas en una reunión, eso es todo.
—He estado en una reunión. Era una cena. Y después quedé con unos amigos para tomar algo. ¿Te parece bien?
—Sí, sí. Lo único que pasa es que me sorprende. No habías mencionado que hubieras quedado con amigos en Filadelfia.
—No sabía que necesitaba tu permiso para tomar un par de copas o quedar con mis amigos, Lali.
Yo lo olisqueé.
—Antes me pareció que olías a marihuana.
Peter no parecía muy culpable, pero parecía algo que yo no sabía definir.
—Me he fumado un porro.
—¿Has bebido, y has fumado marihuana, y has vuelto a casa conduciendo?
—Me lo he fumado abajo, mientras te esperaba —replicó él.
Yo recordé la Nochevieja, la noche en que yo había llegado a casa y me lo había encontrado con un cigarrillo en la mano. La primera vez que nos habíamos besado.
—Yo creía que no fumabas.
—Dejé el tabaco, pero un porro no es… Eh, eh —dijo él, cuando yo me aparté de él por completo—.
Solo  me  he  fumado  medio  porro,  y  era  pequeño.  Ni  siquiera  era  bueno,  porque  la  marihuana  era  muy vieja.
Yo agarré el borde de la toalla y me la subí.
—Vaya. No sé qué decir. Vaya…
Me di la vuelta y entré  en  mi  habitación  para  ponerme  una  camiseta  y  unos  pantalones  de  pijama.
Peter me siguió. Yo no podía mirarlo.
—No sabía que te importara —me dijo, al ver que no me daba la vuelta.
Me sequé suavemente los rizos con la toalla. No sabía qué responder, pero tenía un sabor amargo en la boca.


—Lo siento —dijo él. Sin embargo, por su tono de voz no parecía que fuera cierto.
Entonces me giré a mirarlo.
—No  es  que  me  importe,  exactamente.  Hay  mucha  gente  que  bebe, Peter. Y  mucha  gente  que  fuma marihuana de vez en cuando. Sin embargo, tú nunca lo habías hecho delante de mí. ¿Por qué ahora? ¿Por qué esta noche, precisamente? ¿Qué es lo que te pasa últimamente?
Aquello hizo que se estremeciera.
—Lali…
Yo alcé una mano.
—No. No me cuentes historias. No tengo ganas de oírlas.
—¿Y cómo sabes que es una historia, si ni siquiera la has oído?
Su sonrisa no era cálida en aquella ocasión, y yo no podía descifrar la mirada de sus ojos. Habíamos vuelto al comienzo de las cosas, y yo lo detestaba.
Lo  miré  fijamente,  y  él  no  vaciló.  La  alegría  que  sentía  antes  se  desvaneció,  y  me  sentí  estúpida.
¿Cómo  había  podido  pensar  que  por  una  cena,  por  unas  cuantas  horas,  había  cambiado?  ¿Cómo  había podido pensar que estaba empezando a averiguar quién era de verdad?
—No quiero pelearme contigo —le dije en voz baja.
—Yo tampoco quiero pelearme contigo.
—Es tarde y estoy muy cansada. Tal vez debieras volver a casa.
Se hizo un silencio pesado entre nosotros.
—Mierda. Yo  no  quería  que  esto  saliera  así  —dijo  él—.  Pensé  que  tomaríamos  una  copa  de  vino cuando llegaras a casa…
Yo comencé a darme crema en la cara, y mientras me la extendía, respondí:
—Ya te he dicho que no quiero que nos peleemos.
—¡No me estoy peleando contigo! —replicó Peter con exasperación. Después respiró profundamente
—. Lali, ¿te importaría mirarme? Por favor.
Al  principio,  yo  no  entendí  lo  que  veía.  La  pequeña  cajita  de  terciopelo  y  la  mirada  de  esperanza.
Peter se puso de rodillas ante mí y abrió la cajita en la palma de su mano. Dentro había algo brillante, tan brillante que me hizo dar un paso hacia atrás, y me choqué contra la cómoda.
—Lali Esposito, ¿quieres casarte conmigo?
—¿Qué?
Peter se incorporó y se acercó a mí. El anillo brillaba tanto bajo la luz tenue de mi habitación, que me di  cuenta  de  que  era  un  diamante.  Por  supuesto  que  era  un  diamante;  ¿quién  se  comprometía  con  otra joya? Peter me estaba ofreciendo un anillo de diamantes, y me estaba pidiendo que me casara con él, y yo solo podía mirarlo fijamente.
—¿Quieres casarte conmigo? —me preguntó de nuevo.
Yo  lo  miré  a  la  cara,  pensando  en  que  iba  a  decir  que  no.  Que,  pese  a  lo  rápidamente  que  hubiera sucedido todo, y a lo enamorada que yo estuviera de él, el matrimonio no era el paso siguiente. Que yo ya había aceptado un anillo, y la promesa que lo acompañaba, y que todo había terminado muy mal.
Sin embargo, las cosas eran distintas con Peter.
—No sé qué decir…
—Di que sí, Lali —me dijo Peter. Sacó el anillo de la cajista y me tomó la mano—. Di que sí.
Yo lo miré a los ojos, y vi muchas cosas en su mirada. Miedo. Esperanza. Orgullo y amor. Y calor, también, un calor familiar y deseado. Él sonrió, y sujetó el anillo sobre mi dedo, pero no me lo puso.
Pensé en todos los motivos que tenía para decir que no, y ninguno me pareció bueno. Así que permití
que  me  deslizara  aquel  maravilloso  aro  de  platino  y  diamantes  en  el  dedo,  donde  el  metal  tomó rápidamente la temperatura de mi piel.
Y dije que sí.

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ESPERO QUE LES GUSTE EL ULTIMO
Hola chicas soy Cielo de http://casijuegosca.blogspot.com.ar Espero que les guste la novela! :D