viernes, 13 de diciembre de 2013

Capítulo 25

Novela: "Al desnudo"
Capitulo 25
—¿Que si quiero un novio? ¿Es que te estás ofreciendo?
—Me gustas. Eres guapa…
Se me saltó una carcajada.
—Lo eres. Y tienes talento. Y eres divertida. Nunca había conocido a una mujer a la que le gustara
Harold y Maude.
—Ni siquiera hemos salido juntos —le dije.
—Pero podemos hacerlo, si quieres. Podemos tener citas.
—Ummm… Quizá podamos empezar con eso.
Él se rio.
—De acuerdo.
—Vaya, ahora sí que es raro —comenté yo.
—Ya te he dicho que no tiene por qué serlo.
—Es que hace mucho tiempo que no tengo novio, eso es todo.
—También hace mucho tiempo que yo no tengo novia. Seguramente, más que tú —dijo Peter. Después se puso en pie de un salto y me ordenó—: No te muevas de ahí.
Desapareció por la puerta del dormitorio que no utilizaba y salió un momento después, con una flor de tela deshilachada que tenía el tallo de plástico. Se puso de rodillas ante mí, con la mano en el corazón, y me la ofreció.
—Lali, ¿quieres hacerme el honor de ser mi novia? ¿O de no  ser  mi  novia,  o  de  como  quieras llamarlo?
Yo me reí con ganas y tomé la flor.
—¿De dónde has sacado esto?
—Estaba sobre la encimera del baño cuando me mudé aquí. ¿Lo ves? Es el destino.
—Es asquerosa —dije.
—Eh, las flores de verdad tienen bichos. Alégrate de que no te haya regalado una rosa infestada de pulgón, o algo así. Eso sí habría sido asqueroso.
Yo no podía mantenerme seria con él. Tiré la flor a un lado y extendí los brazos para que él se me acercara.
—Esto es una locura.
—Es  culpa  tuya  —me  susurró  al  oído,  antes  de  besarme  el  cuello  en  mi  punto  débil,  que  él  había descubierto enseguida.
Sé que él tuvo que notar cómo se me aceleró el pulso cuando me pasó los labios por la garganta. Sé que oyó mi jadeo cuando me mordisqueó ahí, y estoy segura de que notó el tirón de mis dedos en su pelo cuando me clavó los dientes.
Me desabotonó la camisa y la abrió, y me descubrió el pecho. Entonces bajó los labios por mi piel, hasta que se detuvo a succionarme uno de los pezones, y después el otro. Yo me hundí en los cojines, con los brazos por encima de la cabeza, y me abandoné a él.
—Es demasiado difícil resistirse a ti —murmuré.
Sentí su risa en la piel.
—Ya lo sé.
Noté que su miembro se hinchaba dentro de la seda. Él se movió, y el resto de su calor me presionó la piel. Yo soy una persona alta, curvilínea y rotunda, y, sin embargo, allí, en brazos de Peter, me sentía pequeña y menuda.
—No me había dado cuenta de lo grande que eres —dije, contra sus labios.
—No me sorprende, teniendo en cuenta el tamaño de tu consolador.
Yo le di unas palmaditas en el pecho.
—¡Nunca he usado eso!
Él se rio y me tendió en el futón.
—Ya…
Entonces, yo bajé la mano y agarré su miembro cubierto de seda. Lo acaricié, y oí que Peter siseaba.
—Además, no me refería a eso —añadí.
Él empujó hacia mi mano, y escondió la cara en mi cuello, para morderme y succionarme suavemente.
—Mejor, porque mi ego no puede aguantarlo todo.
Yo solté un resoplido, y cerré los dedos a su alrededor con un poco más de fuerza.
—Algo me dice que tu ego puede soportar mucho.
Entonces, él me miró. No estaba sonriendo; sus ojos tenían un brillo intenso.
—¿Lo ves? —me dijo—. Ya me conoces.
Yo puse la mano en su hombro para empujarlo cuando él intentó besarme de nuevo. Peter se detuvo.
—Lo dices como si fuera muy difícil conocerte.
Su mirada se suavizó.
—No quiero serlo.
Entonces, yo posé ambas manos en sus mejillas y estudié todas las líneas de su rostro.
—¿No quieres ser un hombre internacionalmente misterioso?
—No, en realidad no. Contigo no.
El calor se apoderó de mí, de pies a cabeza. Lo atraje hacia mí con delicadeza y lo besé. Fue un beso ligero, pequeño, pero que se hizo enorme por lo que él había dicho.
No  quería  estropear  aquel  momento  hablando.  Sé  cuándo  es  mejor  callar.  Respondí  con  mis  ojos  y con mis caricias. Con otro beso. Nuestros cuerpos se movieron con un ritmo perfecto.
Peter se  tumbó  boca  arriba,  y  yo  me  senté  a  horcajadas  sobre  él.  Lo  desnudé  por  completo,  y  él alcanzó un preservativo con su largo brazo, y me lo tendió para que yo se lo pusiera.
No  me  quité  su  camisa,  ni  siquiera  cuando  él  entró  en  mi  cuerpo.  Me  aferré  con  los  muslos  a  sus caderas, y la camisa se abrió y dejó ante su vista mis senos y mi vientre; las curvas que nunca conseguiría quitarme, por muchas dietas que hiciera.
Él deslizó la mano entre nosotros y presionó mi clítoris con el dedo pulgar.
—¿Así?
A mí me encantó que me lo preguntara, y más que eso, que lo recordara. Había tenido amantes que no sabían lo que me gustaba ni siquiera después de que nos hubiéramos acostado una docena de veces.
—Sí.
Con la otra mano me agarró el trasero y me lo estrujó.
—Muévete un poco hacia delante.
Yo  obedecí,  y  sentí  tanto  placer  que  se  me  escapó  un  jadeo.  Lo  único  que  tenía  que  hacer  era moverme un poco, ligeramente, y su miembro se deslizaba con facilidad dentro y fuera de mí, mientras mi clítoris se frotaba contra su nudillo, y algunas veces contra su vientre. Perfecto. Mágico. Cerré los ojos e incliné la cabeza. El placer me anegó de nuevo, cuando hacía una hora había dicho que estaba saciada.
Aquella vez tardamos más que las anteriores. Nos movimos más despacio. El tiempo se hizo líquido a nuestro alrededor, y yo me derretí con él
—Sí —murmuró él, cuando yo comencé a tener los primeros temblores—. Demonios, sí…
Abrí  los  ojos  y  lo  miré  a  la  cara,  que  estaba  tensa  de  deseo.  Entonces,  sus  párpados  temblaron,  y comenzó a acometerme con más fuerza. Mi orgasmo comenzó con unas ondas largas, y aunque no emití ningún sonido, él se dio cuenta. Gruñó. Aminoró su ritmo. El futón se movió debajo de nosotros.
Me tomó la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Llegamos juntos al orgasmo, con un jadeo y un suspiro. No supe quién hacía qué ruido, pero los dos lo hicimos al mismo tiempo.
Después, ambos nos quedamos abrazados en el colchón, en un lío de brazos y piernas, estremecidos, sin aliento.
—Oh, Dios mío.
—Vamos, no digas nada de eso solo para que me sienta mejor.
—Yo no digo las cosas solo para que la gente se sienta mejor —respondí.
—Yo tampoco.
Su tono de voz tenía algo que hizo que yo me girara a mirarlo. Peter estaba observando el techo. Se humedeció los labios una vez, y después otra. Pestañeó rápidamente, como si se le hubiera metido algo en los ojos.
—Decirle a la gente lo que quiere oír solo para que se sientan mejor no es mejor que mentir —dijo, como si fuera un comentario intrascendente.
Me  miró.  No  dijimos  nada  durante  unos  segundos,  y  entonces  yo  rodé  hacia  él  y  lo  besé.  Él  me devolvió el beso.
—Así que, si te pregunto si unos vaqueros me hacen el trasero gordo, y es verdad, ¿no me dirás que no? —le pregunté, mientras escribía mi nombre en su pecho con el dedo índice.
Peter se rio y me apretó la mano contra sí.
—No diré nada.
—Entonces, yo sabré que los vaqueros me hacen el trasero gordo —le dije.
—Sí —dijo Peter, y me besó de nuevo—. Pero también sabrás que no te he mentido.

Continuará... 

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viernes, 29 de noviembre de 2013

Capítulo 24

Novela: "Al desnudo"
Capitulo 24
Él abrió los ojos y me miró. Yo había hecho algún ruido, un gruñido, o algo así. Cuando sonrió, tuve ganas de maldecirlo, pero como era tan magnífico no pude.
—Estoy tan excitado… —dijo, acariciándose deliberadamente, y volvió a cerrar los ojos—. Quiero estar dentro de ti, Lali.
Yo separé un poco los dedos. Moví las manos y las posé sobre la frente, justo delante de mis ojos, aunque todavía podía verlo. Quería verlo.
—Eres muy injusto.
Él se rio, y después gruñó.
—Dios, esto es tan gozoso… Pero tú te sentirías aún mejor.
Mi clítoris volvió a latir, y sentí un vacío doloroso en el sexo.
—Estás  tan  húmeda  —prosiguió  él—.  Yo  podría  deslizarme  dentro,  muy  dentro,  y  después  hacia fuera…
Entreabrió un ojo para juzgar mi  respuesta. Yo  me  habría  echado  a  reír  si  hubiera  podido,  pero  no tenía aliento suficiente.
—Al cuerno —dije, después de un segundo, y me senté para agarrarlo—. Tú ganas.
Tiré de él y lo tendí sobre mí, y nos besamos ferozmente. Me quitó toda la ropa, y nuestros cuerpos desnudos se tocaron. Yo respiré profundamente. Todo mi cuerpo me pedía a gritos el clímax.
Él  se  incorporó  lo  suficiente  como  para  poder  sacar  un  preservativo.  Como  hombre  listo  que  era, había puesto la caja debajo de los cojines. Rasgó el paquetito y se lo puso, y después volvió a tenderse sobre  mí.  Me  besó  y  se  apoyó  con  una  mano  en  el  futón,  y  con  la  otra  se  guio  a  sí  mismo  hacia  mi interior…
Entró en mi cuerpo lentamente, y se detuvo cuando yo emití un pequeño gruñido de protesta. Entonces
me  puso  la  mano  bajo  la  nuca  y  metió  los  dedos  entre  mi  pelo,  y  unió  su  boca  a  la  mía.  Me  besó profundamente, hasta que se detuvo, con la respiración entrecortada.
Yo miré su rostro. Estaba tan cerca que podía contarle las pestañas. Dentro de mí, su miembro latía, y yo me moví un poco. Mi clítoris también latía, pero él no se movió. Yo me agité; no lo hice a propósito, pero no podía impedir que mi cuerpo quisiera encontrar su placer.
Él se hundió más en mí, y después, igual de lentamente, se retiró un centímetro. No era suficiente. Yo alcé las caderas y lo agarré por las caderas para moverlo.
Él se hundió en mí, y después salió. Empezó unas acometidas más fuertes, y nuestros dientes chocaron en  un  beso  duro,  pero  a  mí  no  me  importó.  Me  sentía  tan  bien  que  no  me  importaba  ninguna  otra  cosa.
Hicimos el amor fuerte, rápido, y cuando llegué al orgasmo, cerré los ojos y vi estallidos de color, como fuegos artificiales.
Peter llegó al clímax medio minuto después que yo. Gruñó mi nombre, y eso me sorprendió. Me encantó.
Pasó un minuto antes de que metiera la mano entre nosotros para sujetar el preservativo y salir de mi cuerpo. Se tumbó boca arriba con un suspiro. Yo miré al techo. Estaba tan saciada y tan relajada que no podía hablar.
—Lo siento —dijo él, después de otro minuto.
Yo había estado disfrutando, a punto de dormirme, en un lugar feliz.
En aquel momento me apoyé sobre un codo y lo miré.
—¿El qué?
Él  se  incorporó  y  se  sentó  al  borde  del  futón  para  quitarse  el  preservativo.  Después  me  miró  por encima de su hombro.
—Bueno, yo… ya te he dicho que hacía mucho tiempo que no…
Pensé que estaba bromeando. Estaba segura, de hecho, hasta que él se levantó para ir al baño y le vi la cara. Entonces me levanté y lo seguí.
—¿A qué te refieres?
Él se estaba lavando las manos.
—Me refiero a que… ha sido muy… rápido. Eso es todo.
—Ah —dije yo. Aquel era un terreno delicado—. Eh, mírame.
Él se giró hacia mí con una expresión neutral. Yo estaba acostumbrada a eso. Le puse una mano en la cadera, lo atraje hacia mí y lo abracé. Carne contra carne.
—Han sido las mejores relaciones sexuales que he tenido en mucho tiempo.
Él intentó contener la sonrisa.
—¿Cuánto tiempo hace que no has tenido relaciones sexuales?
—Hace  mucho,  mucho  tiempo  —reconocí  yo,  y  me  puse  de  puntillas  para  besarlo—.  Pero  eso  no significa que estas no hayan sido fantásticas.
Entonces, él me rodeó con los brazos. Me devolvió el beso. Se rio un poco.
—La próxima vez…
Yo le agarré el trasero y se lo apreté.
—La próxima vez. Sí.
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Pasamos todo el día desnudos, o casi desnudos, viendo película tras película de su colección gigante de DVD. Él no había llevado muchos muebles al apartamento, pero tenía suficientes películas como para abastecer  un  videoclub.  Comimos  pizza  de  su  congelador,  y  me  hizo  margaritas  con  un  tequila  Gran Patrón Platinum, con una etiqueta en la que figuraba un precio que me hizo toser, aunque la bebida en sí me bajó dulcemente por la garganta. Él no bebió nada, sin embargo.
—¿Estás segura de que no quieres salir? —me preguntó Peter.
Él  se  había  puesto  unos  calzoncillos  sueltos,  rojos,  y  me  había  prestado  una  de  sus  camisas. Habíamos  improvisado  una  mesa  sobre  una  maleta  dura,  y  habíamos  tomado  como  asientos  los  cojines del futón.
—Podríamos ir al Corvette. Allí tienen alitas de pollo y hora feliz de bebidas, además. Creo.
Yo ya estaba suficientemente animada con las margaritas, y negué con la cabeza.
—Dios, no. Estoy llena.
Él se inclinó para robarme un trozo de pepperoni que yo había apartado de mi pizza, y se lo metió en la boca.
—Tenías que habérmelo dicho, Lali. Habría hecho otra cosa.
Tardé un segundo en entender lo que quería decir.
—Ah, no. La pizza está muy bien. Yo no como  pepperoni, pero no porque no… Bueno, creo que es porque no lo he comido desde pequeña. No es que me ofenda por motivos religiosos.
En  realidad,  yo  no  había  pensado  nunca  en  eso,  en  el  motivo  por  el  que  había  dejado  de  comer
pepperoni y gambas, dos alimentos que mi madre rechazaba de plano. Por qué comía bacón de pavo y no
del  normal,  o  por  qué  comía  el  jamón  que  me  daba  mi  padre,  ya  guisado,  pero  nunca  lo  cocinaba  yo misma.
Él no me había preguntado nada, pero yo se lo conté de todos modos.
—Mis  padres  se  divorciaron  cuando  yo  tenía  cinco  años.  Mi  padre  es  católico,  mi  madre  es  judía.
Los dos volvieron a casarse. Mi padre ha sido muy activo en su iglesia durante mucho tiempo, pero mi madre decidió volver a la religión hace pocos años. Eso significa que sigue las normas de alimentación y respeta el sabbat.
—Entiendo lo que significa eso.
—La mayoría de la gente de por aquí no lo entiende.
Él se inclinó hacia mí y me besó.
—Se te olvida que soy un viajero internacional.
Yo le agarré por la nuca para que él no pudiera apartarse. Convertí su beso ligero en algo profundo. Excitante. Cuando lo solté, estaba sonriendo. Se estiró a mi lado.
—¿Tienes que trabajar mañana? —me preguntó.
Yo puse cara de horror.
—No me lo recuerdes. Sí. Tengo unos cuantos clientes a los que atender por la mañana, y después, a las cuatro, tengo una sesión con Foto Folks. ¿Por qué?
—Me preguntaba si tenías que acostarte temprano.
—Debería. Debería irme a casa pronto.
—No —dijo él, seriamente—. No te vayas.
Yo gruñí, y me tendí boca arriba, mirando al techo.
—Peter…
—Lali.
Me senté, flexioné las rodillas y me las rodeé con los brazos.
—No quiero que esto se vuelva raro.
Él me tiró de un rizo.
—No tiene por qué.
—Esto ha sido fantástico, Peter. Realmente fantástico. E inesperado.
—Estoy lleno de sorpresas.
De eso yo no tenía ninguna duda.
—Pero creo que debería irme ya.
Él entrecerró los ojos y apartó la mirada durante un segundo. Después volvió a mirarme.
—Ojalá no lo hicieras.
—Peter… —suspiré. No quería marcharme. Quería hacer el amor con él otra vez, pero eso solo iba a causarme problemas. Y, además, me lo habían advertido.
—Lali —dijo él de nuevo, pacientemente—, ¿tienes novio?
—¡Tú sabes que no!
—¿Te gustaría tenerlo?
Yo apoyé la barbilla sobre las rodillas, y lo observé durante unos segundos, en silencio. Él no apartó la vista. No se movió con incomodidad, ni vaciló. Se limitó a esperar mi respuesta.
—¿No crees que la mayoría de la gente quiere tener a alguien a su lado? —pregunté.
—Sí, creo que sí —dijo él—. ¿Así pues?
—¿Que si quiero un novio? ¿Es que te estás ofreciendo?

Continuará...
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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Capítulo 23

Novela: "Al desnudo"
Capitulo 23
Tal  y  como  había  prometido, Peter había  dejado  la  puerta  abierta.  De  todos  modos,  llamé  antes  de abrir. Asomé la cabeza sin saber qué me iba a encontrar. ¿A Peter desnudo, esperándome? Ojalá.
No  estaba  desnudo,  pero  tenía  el  pelo  mojado,  así  que  él  también  se  había  duchado. Yo  me  había puesto unos pantalones vaqueros y una camisa, y él también llevaba vaqueros y una camisa que tenía el bajo  deshilachado.  Estaba  junto  a  la  encimera  de  la  cocina,  donde  había  puesto  un  cuenco  lleno  de galletitas saladas.
—¿Vas a darme de comer otra vez?
—Fuerza, Lali. Te lo dije.
A mí se me secó la garganta. Una cosa era saber cómo era una mujer moderna, segura de sí misma y de su sexualidad, y no darle demasiada importancia a una relación sexual pasajera. Otra cosa era ser esa mujer.
—Pero antes deberíamos hablar de una cosa  —dijo él con seriedad, antes  de  que  yo  pudiera responder.
—Oh, oh —dije, y di un paso hacia atrás—. Eso no suena bien.
Él no me dejó escapar. Me tomó de la mano y me llevó hacia el futón, donde las sábanas y los cojines estaban  muy  bien  ordenados.  Nos  sentamos.  Él  no  me  soltó  la  mano.  La  giró  hacia  arriba,  y  se  puso  a trazar las líneas de la palma hasta que me estremecí. Entonces me miró.
—No tenemos que hacer esto obligatoriamente.
Era lo último que esperaba oír. Casi tiré de la mano para que me soltara.
—Si no quieres…
—Claro que quiero. Por supuesto que quiero  —me aseguró él, y me  abrazó—. De verdad, Lali, quiero hacerlo.
Yo lo miré atentamente a la cara, pero no encontré ninguna señal que me ayudara a comprenderlo.
—Entonces, ¿por qué has dicho eso?
—Porque…
Se interrumpió y carraspeó. Se movió un poco, y yo vi su pecho desnudo por la abertura del cuello de su camisa. Percibí su olor. Olía muy bien. Me incliné ligeramente hacia él.
—¿Qué?
—Porque  no  he  estado  con  una  mujer  desde  hace…  Bueno,  desde  hace  tiempo  —respondió apresuradamente, como si le resultara un alivio confesarlo.
Había  dicho  «con  una  mujer».  Podía  haber  dicho  una  mentira,  pero  había  hecho  la  distinción.  Si hubiera dicho con «nadie», yo me habría marchado. Por lo menos, eso quería pensar: que si me hubiera mentido, yo me habría marchado.
—Yo tampoco —dije con ligereza.
Él me miró a los ojos, y sonrió.
—Eres graciosa.
—Algunas veces.
Siguió acariciándome la palma de la mano.
—Solo quería que lo supieras.
—Gracias.
Nuestras  rodillas  chocaron.  Yo  jugueteé  con  uno  de  los  botones  de  su  camisa.  Lo  desabroché,  y después desabroché el siguiente, y todos, hasta que pude abrirle la camisa y mirarlo.
Su risa se convirtió en un silbido cuando dibujé un círculo alrededor de uno de sus pezones. Él metió las manos entre mi pelo cuando lo besé en la boca. Me puse a horcajadas sobre su regazo, y seguimos besándonos hasta que yo tuve que parar para poder respirar.
Notaba su erección debajo de mí, y me balanceé sobre él. Mi clítoris se frotó contra la costura de mi pantalón  vaquero,  contra  el  estómago  de  Peter.  Yo  no  llevaba  sujetador  bajo  la  camisa,  y  la  tela  me rozaba los pezones. Yo quería que se rozaran contra su piel desnuda.
Él me soltó el pelo, me agarró de las nalgas y me estrechó contra su cuerpo. Entonces posó los labios en mi cuello, en mis clavículas. Su lengua me dejó un rastro húmedo en la piel mientras bajaba hacia mi pecho.
Me miró.
—¿Podemos deshacernos de esto?
Se refería a mi camisa.
—Solo si tú también te quitas la tuya.
—Quítamela tú.
Tenía  una  voz  muy  sexy,  ronca,  rasgada  en  aquel  momento,  pero  también  suave.  Yo  le  deslicé  la camisa por los hombros y por los brazos. Por un momento, sus manos quedaron atadas por la tela detrás de él, y yo no seguí quitándosela.
—No puedo usar las manos así —murmuró en mi boca.
Yo estaba deseando tirar de la tela, pero me detuve.
—Tal vez me guste así.
No era cierto. Yo nunca había atado a un hombre, ni me había dejado atar. Peter alzó la cabeza para mirarme a los ojos.
—¿De verdad?
—¿A ti te gusta así…?
—A mí me gusta de cualquier forma que pueda hacerlo.
No le quité la camisa todavía. Lo besé un poco más fuerte, pensando en aquello. Mis senos rozaron su pecho desnudo a través de mi camisa, y cuando dejé de besarlo, él tenía la respiración acelerada. Por lo que yo sentía a través de los pantalones vaqueros, los suyos y los míos, Alex estaba muy excitado. Tiré de la camisa, pero no del todo.
—¿Qué te gusta de esto?
Él pestañeó, y después entrecerró los ojos pensativamente.
—Algunas veces quieres dejarlo todo, ¿sabes?
A mí se me quebró un poco la voz al contestar.
—¿El qué?
—El control —susurró Peter, y cerró los ojos.
Exhaló un suspiro. Yo respiré profundamente. Él abrió los ojos.
—Claro que, algunas veces no quieres en absoluto.
Se quitó él mismo la camisa y me agarró de las caderas. Rodó conmigo, hasta que estuvo situado sobre mí, entre mis piernas, y su pene me presionaba deliciosamente, y yo notaba su estómago suave, duro y caliente allí donde la camisa se me había subido. Él me sujetó las muñecas y me colocó los brazos por encima de la cabeza, lentamente, y me mantuvo así mientras, con la mano libre, me desabrochaba el pantalón.
—Podría soltarme —dije yo.
—Podrías —respondió él—, pero no quieres.
No quería, así que no me moví mientras él deslizaba la mano por dentro de mis pantalones. La pasó sobre mis braguitas y me acarició el clítoris. A mí se me movieron las caderas involuntariamente.
Con  una  sola  mano, Peter consiguió  bajarme  el  pantalón  por  los  muslos.  Yo  no  podía  ayudarlo, porque mis brazos estaban por encima de mi cabeza, así que no sé cómo se las arregló para bajarlos del todo. Con un pie, finalmente, empujó por la costura del vaquero hasta que llegó a mis tobillos.
—Demonios —dijo en voz baja.
Yo me reí, y arqueé la espalda cuando su boca se posó en mi vientre.
Él me quitó el pantalón, me acarició la piel con la nariz y subió por mi cuerpo, hasta que se apoyó en mí y me miró a los ojos. Aflojó la mano con la que me estaba sujetando las muñecas.
—Pon las palmas de las manos juntas y entrelaza los dedos.
Él tenía el pelo por la frente, y estaba increíblemente sexy. No se había afeitado, y la sombra de su barba de dos días hizo que me estremeciera al pensar lo que iba a sentir cuando él me besara de nuevo. Obedecí.
A él se le cortó el aliento al ver mis manos unidas.
—Eso es… Es… Joder, Lali.
Me arqueé de nuevo, ofreciéndole mi cuerpo sin palabras, preguntándome qué iba a hacer. Y qué iba a hacer yo, también.
—No te sueltes —me ordenó—. Quiero ver cuánto aguantas.
Yo me sentí un poco alarmada, y dejé de moverme.
—¿Cuánto aguanto qué?
Su sonrisa me tranquilizó.
—Cuanto aguantas antes de tener que tocarme.
Entonces, sin decir una palabra más, Peter comenzó a bajar por mi cuerpo, hasta que puso los labios sobre mi clítoris cubierto por el encaje de las braguitas. Me besó ahí. Yo di un tirón sin poder evitarlo, pero no me solté las manos. Su suave carcajada exhaló un calor húmedo sobre mí, y separé un poco las piernas para él.
Él enganchó un dedo en la cintura de las braguitas y las deslizó hacia abajo, siguiendo el camino con la boca, beso tras beso. Primero en mi vientre, después en el muslo, después la rodilla. Los dos tobillos. Y después, hacia arriba por la otra pierna, hasta que se colocó de nuevo en el centro.
Yo me quedé inmóvil. Él tardó una eternidad en volver a poner la boca sobre mí, y cuando lo hizo, se me separaron los dedos. Solo un segundo. Volví a agarrarme las manos con fuerza.
—Sé que te gusta ganar —dijo él, hablando contra mi piel. Su lengua encontró mi clítoris e hizo un círculo, y yo noté que me acariciaba con un dedo—. ¿No?
—Esto no es Dance Dance… —mis palabras se convirtieron en un gruñido de placer.
Él  se  rio  contra  mí,  y  me  provocó  una  sensación  tan  deliciosa  que  me  apreté  contra  su  lengua.  Él deslizó un dedo en mi interior, y eso también fue delicioso. Peter me saboreó.
Me lamió y me acarició hasta que yo me puse a temblar, al borde del éxtasis, pero entonces, se apartó de mí. El futón se hundió cuando él se puso de rodillas. Yo no me había dado cuenta de que tenía los ojos cerrados, pero cuando él se detuvo, los abrí de golpe.
No estaba sonriendo. Se desabrochó el pantalón y se lo bajó para liberar su miembro. Se los quitó y volvió  a  arrodillarse  entre  mis  piernas;  entonces  comenzó  a  acariciarse  lentamente,  con  los  ojos cerrados.
Mis músculos internos se contrajeron, y mi clítoris latió. Todos los músculos de mi cuerpo estaban tensos, listos para deshacerse en el orgasmo; estaba al borde del clímax. Solo me hubiera hecho falta un beso, una caricia.
Él no me tocó. Siguió acariciándose a sí mismo, con un semblante serio. Se mordió el labio inferior y dejó caer la cabeza hacia atrás. Empujó las caderas hacia delante y se sujetó el miembro con el puño.

Era  una  visión  bella.  Incluso  atenazada  por  aquella  sensación  de  placer  que  me  tensaba  el  cuerpo, pude enmarcar la fotografía en mi mente. Clic, clic.

Continuará...
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